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jueves, 28 de abril de 2011

La historia increíble

Las plañideras de Villavieja y unas cuantas más que vinieron de los pueblos vecinos acompañaron en todo momento con jipíos y desgarros guturales un terrible tránsito que dejaba a toda la vecindad sin resuello ni explicación ante su misteriosa desaparición.

En su tumba colocaron una lápida que fue tallada a toda prisa por Carmelo Ruzafa y que por mismísimo encargo del alcalde y dictado del señor cura, grabó la siguiente inscripción sacada del primer Isaías: "Oír, oiréis, pero no entenderéis; mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado".

La ceremonia del entierro se celebró entre sollozos disimulados y lágrimas de cocodrilo, que con una exagerada puesta en escena, propia de la mejor tragedia griega, las mujeres del pueblo, alentadas por aquellas plañideras mercenarias, dieron el mejor espectáculo que hasta el momento jamás se había visto en Villavieja de Alcaida, si no se tenía en cuenta el drama lapidario a la que años atrás fue expuesta la madre de Maruja Casamayor cuando se supo de su alumbramiento a escondidas, fruto de la relación mantenida con el todavía párroco del pueblo, quien supo disculparse acusando a su barragana de ser el mismísimo diablo tentador que so capa de cordero inocente supo arrancarle de sus piadosos votos de castidad perpetua.

Nadie podía dar crédito a lo inusual de aquel entierro que, tras una fingida pátina de lobreguez y amargura, despidió a su convecino sin prueba alguna concluyente en torno a su desaparición.

A partir de entonces los rumores sobre su vida empezaron a correr de boca en boca como fuego que se junta con la estopa. El ingenio para unos, y el diablo que sopla para otros, fueron argumentos de fuerza mayor para inventar una historia increíble acerca de su vida, su muerte y, en algunas mentes, sobre su actual paradero.

(Extracto del cuento "La historia increíble", del libro Cuentos para el Alba).

Fausto Antonio Ramírez

jueves, 24 de marzo de 2011

La fructuosa

Cinco años habían transcurrido desde que el coronel Solórzano asumió el poder de toda la comarca, tras un golpe de estado cruento y sin parangón, en la larga historia de enfrentamientos y codicias que venían asolando la región desde tiempos inmemoriales.

Después de tres días de luchas, el pueblo de Malpartida de Rozas se rindió a sus pies, deshecho por la descarnada embestida a la que no pudo responder por agotamiento y pérdida de innumerables vidas que se entregaron en delirio oblativo hasta sus últimas consecuencias.

Aterrado y abatido por el hastío de una defensa que acabó en derrota, en Malpartida se impuso un régimen dictatorial que aniquiló de raíz todo viso de libertad y expresión valiente por vivir con el mínimo de dignidad, al que un hombre en este mundo puede aspirar, para no ser comparado con un animal.

No hubo compasión en ningún sentido, y toda iniciativa, del tipo que fuera, fue literalmente disipada por orden y mando del coronel Solórzano que no puso obstáculo alguno a que se acabara con cualquier intento de sublevación y de protesta ante su forma y manera de imponer la ley.

Una ley que él mismo estableció a su propio antojo para beneficio y consuelo, siempre insatisfecho, de su propia persona y de su familia que, junto a él, se erigió en grupo selecto, de derecho divino, dispuesto a ser servido en todo lujo y caprichos por un pueblo humillado hasta el extremo.

Fueron años muy duros para la vida de todos los vecinos de Malpartida. El coronel Solórzano impuso un tributo equiparable con el diezmo eclesiástico de siglos atrás, que todo honrado trabajador debía pagar después de cada cosecha o fruto recogido según la época del año.

Los habitantes de Malpartida de Rozas vivían atemorizados, inmersos en sus trabajos que a penas les llegaban para mantener a sus familias. Si algún año la cosecha era abundante, por decreto de la máxima autoridad del pueblo, se requisaba una cantidad superior al diezmo, dejando de nuevo a las familias bendecidas por la tierra en una situación lastimosa que fue generando odio, desprecio y enemistad hacia la persona del coronel, siempre parapetado tras los muros de su ostentosa vivienda, donde vivía a buen recaudo junto con toda su familia.

En medio de aquella situación de escarnio e injusticia social, despertó un hombre bueno y justo que ante la imposibilidad de enfrentarse con éxito al poder impuesto por parte del coronel, decidió hacerse uña y carne con sus convecinos para poder salir adelante del horrible sometimiento al que a diario estaban expuestos todos.

Se llamaba Ayuso Benarro, y fue uno de los últimos habitantes de Malpartida en instalarse a vivir en el pueblo. De vocación errante, Ayuso había recorrido medio mundo junto a su mujer, Ricina Mortero, de la que estaba profundamente enamorado y quien era para él su razón última de vivir. Hacía más de diez años que se afincaron en una pequeña hacienda a la salida del pueblo, dedicándose a la ganadería y a algunas labores de labranza.

Cuando se impuso la dictadura, parte de sus tierras le fueron arrebatadas y más de la mitad de su ganado se lo quedó el coronel. Sin embargo, con dos vacas, unas cuantas cabras y unas pocas gallinas en el corral contiguo a la vivienda, lograba mantenerse a flote con su mujer y su hijo que aún era un infante.

(Extracto del cuento "La fructuosa" del libro Cuentos para el Alba).

Fausto Antonio Ramírez